Era el Dia de los Alimentos. Miguel se levantó antes del amanecer. El mes anterior se había retrasado en la salida y la cuestión se le había hecho cuesta arriba: logró rescatar media bolsa de papas y unos paquetes de fideos. Ahora llevaría el machete.
Macarena tampoco iría esta vez: el embarazo avanzaba.
El Dia de los Alimentos se instauró veinte años atrás, durante el mandato de Mauritius Malthus. El jerarca había decretado que, una vez por mes, se repartieran alimentos gratis en todos los Galpones. Las fuerzas de seguridad se mantendrían al margen: “que se maten entre ellos. Menos bocas para alimentar” era la idea que sobrevolaba ese día.
Un mar de gente ondulaba por la avenida que llevaba al centro. Algunos corrían para llegar primeros. Miguel reservaba energías para la pelea. Todavía resonaban los ecos de la discusión con Macarena; ella prefería que se concentraran en cultivar lo poco de tierra que tenían en su patio. Él le decía que de dónde sacarían las semillas. Ella decía que si se aplicaban las podían conseguir, que estaban al alcance. Él decidió ir igual: que se venía el bebé, que el embarazo.
Ya a dos cuadras del Galpón, se tornaba imposible pasar sin apretujarse. Miguel apartó rivales como si fueran maniquíes. Adelante se oían disparos y la gente corría. Por un momento se preguntó si Macarena no tendría razón, y se detuvo en medio del oleaje de cabezas. Fue sólo un segundo, sacudió su mente y siguió con la tarea de limpiarse el camino.
A medida que se aproximaba a la puerta, el piso se llenaba de cadáveres. Pasaba la vista sin detenerse, como si los muertos tuvieran el poder de petrificarlo. Veía niños, ancianos, mujeres que salían del lugar cargados de alimentos; y gente que afuera cazaba. Había llegado el momento del machete.
Corrió cabezas de lugar hasta llegar.
No quedaba nada.
Los que tenían víveres fueron sus víctimas: machetazo a derecha, machetazo a izquierda. Él era más. Juntaba lo que podía; embolsaba y seguía. Cuanto más tenía, menos posibilidades de sobrevivir.
Cuerpos por allá, pasillos y góndolas en rojo; Miguel decidió la retirada. Encaró la salida a zancadas pero resbaló en un charco de sangre y quedó de rodillas. A sus espaldas, un estruendo; un silbido en el aire. Sintió como un hierro caliente se le metía entre los omóplatos y cayó de bruces. Por el rabillo del ojo vio un hombre que se llevaba la comida ganada con sangre y sudor; metros más adelante, a ese mismo hombre lo destrozaron otros.
Macarena había pasado la tarde en el patio, removiendo la tierra, para no pensar en la tardanza de Miguel. Encendió la tele; las noticias hablaban del Dia de los Alimentos: tres mil muertos, doce mil heridos. Récord absoluto… y todavía seguían contando.