sábado, 18 de julio de 2020

NACIÓN MALTHUS

Era el Dia de los Alimentos. Miguel se levantó antes del amanecer. El mes anterior se había retrasado en la salida y la cuestión se le había hecho cuesta arriba: logró rescatar media bolsa de papas y unos paquetes de fideos.  Ahora llevaría el machete.

Macarena tampoco iría esta vez: el embarazo avanzaba. 

El Dia de los Alimentos se instauró veinte años atrás, durante el mandato de Mauritius Malthus.  El jerarca había decretado que, una vez por mes, se repartieran alimentos gratis en todos los Galpones.  Las fuerzas de seguridad se mantendrían al margen: “que se maten entre ellos. Menos bocas para alimentar” era la idea que sobrevolaba ese día.

Un mar de gente ondulaba por la avenida  que llevaba al centro. Algunos corrían  para llegar primeros. Miguel reservaba energías para la pelea. Todavía resonaban los ecos de la discusión con Macarena; ella prefería  que se concentraran en  cultivar lo poco de tierra que tenían en su patio. Él le decía  que de dónde sacarían las semillas. Ella decía que si se aplicaban las podían conseguir, que estaban al alcance. Él decidió ir igual: que  se venía el bebé, que el embarazo.

Ya a dos cuadras del Galpón, se tornaba imposible pasar sin apretujarse. Miguel apartó rivales como si fueran maniquíes. Adelante se oían disparos y la gente corría. Por un momento se preguntó si Macarena no tendría razón, y se detuvo en medio del oleaje de cabezas. Fue sólo un segundo, sacudió su mente y siguió con la tarea de limpiarse  el camino.

A medida que se aproximaba a la puerta, el piso se llenaba de cadáveres. Pasaba la vista sin detenerse, como si los muertos tuvieran el poder de petrificarlo. Veía niños, ancianos, mujeres que salían del lugar cargados de alimentos; y gente que afuera cazaba.  Había llegado el momento del machete.

Corrió cabezas de lugar hasta llegar.

No quedaba nada.

Los que tenían víveres fueron sus víctimas: machetazo a derecha, machetazo a izquierda. Él era más. Juntaba lo que podía; embolsaba y seguía.  Cuanto más tenía,  menos posibilidades de sobrevivir.

Cuerpos por allá, pasillos y góndolas en rojo; Miguel decidió la retirada. Encaró la salida a zancadas pero resbaló en un charco de sangre y quedó de rodillas. A sus espaldas, un estruendo; un silbido en el aire. Sintió como un hierro caliente se le metía entre los omóplatos y cayó de bruces. Por el rabillo del ojo vio un hombre que se llevaba la comida ganada con sangre y sudor;  metros más adelante,  a ese mismo hombre lo destrozaron  otros.


Macarena  había pasado la tarde en el patio, removiendo la tierra, para no pensar en la tardanza de Miguel. Encendió la tele;  las noticias hablaban del Dia de los Alimentos: tres mil muertos, doce mil heridos. Récord absoluto… y todavía seguían contando.

lunes, 13 de enero de 2020

EL CAZADOR DE PÁJAROS

La jaula en la que estoy es grande; siempre vigilado: o son los pajaros o es él, pero nunca me pierden de vista.


Nunca me gustó la siesta. Los viejos querían imponermela a toda costa y yo siempre zafaba de la misma forma: me hacía el dormido hasta que ellos caían. 

Ese domingo un calor del diablo ahogaba todo. Primero comprobé que nadie me impidiera la salida; después agarré la gomera y me fui a cazar pájaros. El sol rebotaba en el camino y me aguijoneaba los ojos. Busqué a mis compadres pero ninguno andaba por el campo. Se habrían ido a algún con camping con pileta o a la casa de la abuela, que les habría armado la pelopincho.

Estaba solo,  con todo para mi. 

Encaré por el camino hasta llegar a la ruta. El polvo de la senda se pegaba a mi transpiración y mi cara se transformó en una milanesa. 

Probé unos tiros con un par de petirrojos que dominaban el mundo desde los cables de luz, pero el infierno de alrededor no me dejaba concentrar. El cielo apuñalaba los ojos.

Decidí meterme en el monte ribereño. No había árboles altos pero eran frondosos. Y estaban muy juntos entre si. Se podía maniobrar y el aire era otra cosa, ya que el sol apenas se filtraba por la bóveda  de las copas. El suelo despedia una humedad fresca y el viento norte no podía entrar.

Caminé. Un par de piedras por acá; otra por allá y, a cada paso que daba, el silencio. A veces me sentía  observado por nadie: sólo pájaros. 

Un nido de gorriones me llamaba desde la rama de un tala. Tenía un tiro perfecto y así fue. Me acerqué a ver el fruto de mi cacería. Una sensación amarga me invadió: eran todos pichones. Me sentì un cobarde; si al menos le hubiera dado a algún ave al vuelo. Eso hubiera sido digno de un cazador. 

Entonces lo vi.

Hacía calor. Aparecido de la nada,  él estaba frente a mí. Tenía la cabeza gacha pero sus ojos me miraban a través de su sombrero de paja. En una de sus manos huesudas llevaba una caña más larga que su altura. Andaba en patas y su cuerpo era una línea vertical pálida trazada en un horizonte de verde. Una media sonrisa socarrona se dibujó en su boca y, con un rápido movimiento, me golpeó con su tacuara en la cabeza. 

Desperté en una jaula. Mi captor me miraba desde un trono de mimbre. Lo rodeaban aves de todos los colores. 

-Donde estoy?

Se levantó, tomó una cazuela de barro y me la acercó.

Me ofrecía lombrices.

Estuve horas mirandolas; no entendia por que. Se revolvían en el barro cocido. El hambre era  fuerte pero mi mente se resistia.

No aguanté más y me abalancé sobre el cuenco; traté de imaginar que eran fideos, pero no pude y vomité. Temblando, me tiré en un rincón de la jaula. El guardián se levantó de su trono de mimbre,  tomó la cazuela y se la entregó a los pájaros que lo rodeaban. 

Pase una noche de mierda: chuchos de frio y desmayos. En mi delirio  aves enormes me perseguían para comerme los ojos. Yo era el cazado. Mi captor aparecía transfigurado en un enano;  y pervertía a niños en sus jaulas, parecidas a la mia.

Desperté con dolor de cabeza. Era un latido atras de mis ojos; se acumulaba la sangre y tapaba mi nariz. 

Mi guardian seguía en su trono de mimbre, vigilandome con mirada perdida. Esta vez me había dejado un cuenco con semillas. Junté un poco de valor y las comí. No me costó mucho ya que mi vieja era de meter esas cosas en algunas tartas o empanadas.  

El hambre hizo que  mi estómago se acostumbrara. Me di cuenta que si las lombrices quedaban inmóviles, me era más fácil comerlas sin repugnancia. Entonces las machacaba. Así pude sobrevivir y seguir creciendo a pesar de la condena a la que había sido sentenciado. El carcelero nunca me habló: sólo se sentaba en su trono de mimbre y me miraba por horas. 

Un día se levantó, abrió la jaula y, con una seña, me ordenó  que saliera. Me arrastré. El movimiento de su mano hacia arriba, con la palma mirando al cielo, hizo que me parara. 

Éramos iguales: altos. flacos, huesudos.  Con un rápido movimiento, me golpeó con su tacuara en la cabeza. 

Desperté en la puerta de mi rancho. Los viejos dormían la siesta. Mi cuerpo ya no era alto, ni flaco, ni huesudo. 

Nunca volví a acercarme a un pájaro

sábado, 26 de noviembre de 2016

VISITANTE ILUSTRE

Ese 24 de febrero pintaba caluroso desde la mañana, pero no nos importaba mucho. Había bronca por los despedidos y ganas de manifestarla. El punto de reunión era en 8 y 55, de ahi saldrian los micros para capital.
Del laburo éramos como cuarenta. Los del sindicato intentaban poner un cierto orden a la subida a los colectivos, pero era imposible: mucha gente con ganas de ir. A las 9 y media había salido la primer tanda de ómnibus, la segunda tardaba en llegar.
En eso apareció uno que se estacionó en 55. Para que ?. Sebastián se le paró en la escalera al chofer y le preguntó no se que cosa.  Enseguida se puso hacer señas de que fuéramos.
-Suban, suban, vamos.
Fue un abordaje. Ocupamos un micro ante la mirada atónita,  incrédula, de los organizadores del sindicato, que intentaron hacernos bajar. De mas esta decir que no tuvieron éxito.
Nos dieron la orden de partir y arrancamos. Había clima de estudiantina, circulaba el mate y las fotos con celulares: dedos en v, puño izquierdo cerrado. Yo me fui para el fondo y me puse a hacer una de las dos cosas que hago siempre que el ómnibus que me transporta se pone en movimiento: dormitar, que no es solo el hecho de cerrar los ojos y descansar el cerebro.  Alguien dijo que dormir es una forma de desinteresarse.
La otra cosa que hago siempre en el micro es leer, que es otra forma de desinteresarse, sobre todo del tiempo en que uno no va a cambiar el mundo, o sea en la cola de un banco o en tránsito hacia otro lado.
Tengo mis lecturas divididas: no leo lo mismo en casa que en el micro o en el banco. Eso es un buen remedio contra la ansiedad lectora.
Llegamos a Capital cerca del mediodía. Paramos en 9 de julio y Carlos Calvo. El calor era insoportable. Ya muchas agrupaciones bajaban por la avenida más ancha del mundo. La metrópoli era nuestra por un rato, pero la cartelería saludaba la llegada de Hollande, el presidente de la France, la cuna de las ideas que no se matan.
    Marchamos hasta avenida de mayo para de ahí entrar a la plaza. Daniel nos filmaba y nos pedía una reflexión. A mi me había enganchado en el micro, en plena evasión onírica.
-El protocolo antipiquete se lo meten en el ojete
Después hizo un video, lo subio a su feisbuk y le dieron muchos laik.
Marchamos y marchamos. No tengo mucho registro de esta parte de la historia: bombos, batucadas y mojarse la cabeza con agua. Me crucé con un par de compañeros de la facultad, muy dañados anímicamente. La mitología representa a la muerte como un esqueleto que usa una guadaña; tendrían que agregarle el telegrama de despido.
Había tanta gente que no llegamos a entrar a la plaza. Apenas escuchamos los discursos desde lejos. Le prestabamos más atención a los drones que a las palabras de nuestros líderes sindicales: sin nosotros no son mucho.
Ya a las cinco de la tarde éramos todos zombis en busca de comida. Algunos compraron choripanes. Yo, por el tema del calor, pasé de largo ese ritual; mi obsesión era el agua.
Media hora después enrollamos las banderas y nos fuimos para los micros, lo cual no significaba la vuelta inmediata a casa, sino una larga espera hasta que la última de las chicas hubiera pasado por el baño de la estación de servicios.
Otros pasamos por los árboles, no por no querer ir a la estación de servicio, sino mas bien para escandalizar y provocar a ese europeo afrancesado incrustado en Latinoamérica llamado porteño.
            Al final, después de esperar al último rezagado, salimos para casa. En el bajo, antes de tomar la autopista, vimos que a lo lejos, en el carril contrario, venían unas motos de la policía federal, muchas motos de la federal. Entre medio de ellas; dos limusinas. Nos asomamos a las ventanillas de ese lado y largamos la mayor cantidad de insultos posibles que se puedan dirigir a una fuerza de seguridad. En eso vimos que las limusinas llevaban las banderitas francesas, lo que hizo que el nivel de puteadas se incrementara. Si, asi es, nos habíamos cruzado con el visitante ilustre: con Francois Hollande. Nuestra jornada épica de lucha tenía el cierre que se merecía. Nuestro presidente no se había enterado de nada, pero el francés se llevaba el libro de reclamos en forma de escupitajos en su ventanilla. Después de eso no recuerdo más nada,  creo que me dormi, pero ya no se podia pedir mas. Era febrero, recién empezaba el año y así iba a ser.

jueves, 5 de diciembre de 2013

LA NOCHE DE SAN BARTOLOMÉ.


Mercedes y Ana recorrían París. Era el 24 de agosto de 2000. Era una tarde tranquila y soleada. En agosto la capital de Francia vive el calor pleno del verano.
Juntas recorrían el barrio de Saint Germain des Pres. Allí se erige la iglesia más antigua de la ciudad.
Mercedes y Ana paseaban y se preguntaban qué historias se habían vivido en esas calles. Iban tan distendidas que no se dieron cuenta de que el cielo ennegrecía.
Las primeras gotas sobre sus cabezas las trajeron al presente. La lluvia las sorprendió en la puerta de la iglesia.
-Entremos- dijo Ana.
- No. Sigamos caminando- respondió Mercedes, sin saber por qué lo decía.
La cortina de agua era cada vez más gruesa; Ana tomó del brazo a su amiga y la metió en el templo.
No había nadie en el interior. Soplaba una brisa fresca que sacudía las llamas de las velas. El lugar era oscuro para Mercedes. Ana estaba a gusto.
De pronto, el ruido de un portazo. Mercedes se dio vuelta; tres hombres vestidos con ropas extrañas la miraban. Uno de ellos caminó hacia ella y la tomó de los cabellos.
- Feliz Día de San Bartolomé- le dijo, con los dientes apretados. Sacó un puñal de entre sus ropas y sin decir más nada se lo hundió en la garganta. Mercedes cayó al piso ensangrentada. Los otros dos compinches, de un salto, se le colocaron a los costados y clavaron sus cuchillos en el vientre de la mujer varias veces.
- Muerete, hugonote hereje.
Ana no entendía lo que pasaba. Veía a su compañera de paseo retorciéndose en el suelo, con un ataque de epilepsia.
- Mechi, Mechi ¿qué te pasa?.
La puerta se abrió sola y la luz penetró en la iglesia. Afuera llovía mucho.
La luz obró milagrosamente sobre Mercedes, que logró incorporarse de a poco, aunque el aire todavía le parecía espeso. Inmediatamente salieron del templo. Ana respiró hondo la brisa fresca.
El agua corría, límpída, de la vereda hacia la calle.
De pronto Mercedes vio que no era tan límpida. Era roja. Nuevamente toda la gente con ropas extrañas. Hombres corrían a hombres y mujeres. Los cuchillos rasgaban las pieles. Seguía lloviendo y el aire estaba más que espeso para Mercedes.
La mano de Ana en el hombro la sacudió y la sacó de su ensueño.
- Vamos a sentarnos. No estás bien todavía.-
El cielo comenzaba a despejarse. Mercedes volvió su cabeza hacia la iglesia y detuvo su vista en un cartel:

“Referencia histórica: Esta iglesia fue uno de los escenarios de lo que se conoció como la masacre de la noche de San Bartolomé, el 24 de agosto de 1572, cuando los partidarios católicos, apoyados por la reina Catalina de Medicis, asesinaron a más de 3000 calvinistas, conocidos como los Hugonotes”.
- ¿Vos crees en reencarnaciones y todas esas cosas?.
- Si... y yo soy Catalina de Medicis- respondió Ana, con una sonrisa socarrona que a Mercedes le pareció entre horrorosa y demoniaca.