Ese 24 de febrero pintaba caluroso desde la mañana, pero no nos importaba mucho. Había bronca por los despedidos y ganas de manifestarla. El punto de reunión era en 8 y 55, de ahi saldrian los micros para capital.
Del laburo éramos como cuarenta. Los del sindicato intentaban poner un cierto orden a la subida a los colectivos, pero era imposible: mucha gente con ganas de ir. A las 9 y media había salido la primer tanda de ómnibus, la segunda tardaba en llegar.
En eso apareció uno que se estacionó en 55. Para que ?. Sebastián se le paró en la escalera al chofer y le preguntó no se que cosa. Enseguida se puso hacer señas de que fuéramos.
-Suban, suban, vamos.
Fue un abordaje. Ocupamos un micro ante la mirada atónita, incrédula, de los organizadores del sindicato, que intentaron hacernos bajar. De mas esta decir que no tuvieron éxito.
Nos dieron la orden de partir y arrancamos. Había clima de estudiantina, circulaba el mate y las fotos con celulares: dedos en v, puño izquierdo cerrado. Yo me fui para el fondo y me puse a hacer una de las dos cosas que hago siempre que el ómnibus que me transporta se pone en movimiento: dormitar, que no es solo el hecho de cerrar los ojos y descansar el cerebro. Alguien dijo que dormir es una forma de desinteresarse.
La otra cosa que hago siempre en el micro es leer, que es otra forma de desinteresarse, sobre todo del tiempo en que uno no va a cambiar el mundo, o sea en la cola de un banco o en tránsito hacia otro lado.
Tengo mis lecturas divididas: no leo lo mismo en casa que en el micro o en el banco. Eso es un buen remedio contra la ansiedad lectora.
Llegamos a Capital cerca del mediodía. Paramos en 9 de julio y Carlos Calvo. El calor era insoportable. Ya muchas agrupaciones bajaban por la avenida más ancha del mundo. La metrópoli era nuestra por un rato, pero la cartelería saludaba la llegada de Hollande, el presidente de la France, la cuna de las ideas que no se matan.
Marchamos hasta avenida de mayo para de ahí entrar a la plaza. Daniel nos filmaba y nos pedía una reflexión. A mi me había enganchado en el micro, en plena evasión onírica.
-El protocolo antipiquete se lo meten en el ojete
Después hizo un video, lo subio a su feisbuk y le dieron muchos laik.
Marchamos y marchamos. No tengo mucho registro de esta parte de la historia: bombos, batucadas y mojarse la cabeza con agua. Me crucé con un par de compañeros de la facultad, muy dañados anímicamente. La mitología representa a la muerte como un esqueleto que usa una guadaña; tendrían que agregarle el telegrama de despido.
Había tanta gente que no llegamos a entrar a la plaza. Apenas escuchamos los discursos desde lejos. Le prestabamos más atención a los drones que a las palabras de nuestros líderes sindicales: sin nosotros no son mucho.
Ya a las cinco de la tarde éramos todos zombis en busca de comida. Algunos compraron choripanes. Yo, por el tema del calor, pasé de largo ese ritual; mi obsesión era el agua.
Media hora después enrollamos las banderas y nos fuimos para los micros, lo cual no significaba la vuelta inmediata a casa, sino una larga espera hasta que la última de las chicas hubiera pasado por el baño de la estación de servicios.
Otros pasamos por los árboles, no por no querer ir a la estación de servicio, sino mas bien para escandalizar y provocar a ese europeo afrancesado incrustado en Latinoamérica llamado porteño.
Al final, después de esperar al último rezagado, salimos para casa. En el bajo, antes de tomar la autopista, vimos que a lo lejos, en el carril contrario, venían unas motos de la policía federal, muchas motos de la federal. Entre medio de ellas; dos limusinas. Nos asomamos a las ventanillas de ese lado y largamos la mayor cantidad de insultos posibles que se puedan dirigir a una fuerza de seguridad. En eso vimos que las limusinas llevaban las banderitas francesas, lo que hizo que el nivel de puteadas se incrementara. Si, asi es, nos habíamos cruzado con el visitante ilustre: con Francois Hollande. Nuestra jornada épica de lucha tenía el cierre que se merecía. Nuestro presidente no se había enterado de nada, pero el francés se llevaba el libro de reclamos en forma de escupitajos en su ventanilla. Después de eso no recuerdo más nada, creo que me dormi, pero ya no se podia pedir mas. Era febrero, recién empezaba el año y así iba a ser.
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