La jaula en la que estoy es grande; siempre vigilado: o son los pajaros o es él, pero nunca me pierden de vista.
Nunca me gustó la siesta. Los viejos querían imponermela a toda costa y yo siempre zafaba de la misma forma: me hacía el dormido hasta que ellos caían.
Ese domingo un calor del diablo ahogaba todo. Primero comprobé que nadie me impidiera la salida; después agarré la gomera y me fui a cazar pájaros. El sol rebotaba en el camino y me aguijoneaba los ojos. Busqué a mis compadres pero ninguno andaba por el campo. Se habrían ido a algún con camping con pileta o a la casa de la abuela, que les habría armado la pelopincho.
Estaba solo, con todo para mi.
Encaré por el camino hasta llegar a la ruta. El polvo de la senda se pegaba a mi transpiración y mi cara se transformó en una milanesa.
Probé unos tiros con un par de petirrojos que dominaban el mundo desde los cables de luz, pero el infierno de alrededor no me dejaba concentrar. El cielo apuñalaba los ojos.
Decidí meterme en el monte ribereño. No había árboles altos pero eran frondosos. Y estaban muy juntos entre si. Se podía maniobrar y el aire era otra cosa, ya que el sol apenas se filtraba por la bóveda de las copas. El suelo despedia una humedad fresca y el viento norte no podía entrar.
Caminé. Un par de piedras por acá; otra por allá y, a cada paso que daba, el silencio. A veces me sentía observado por nadie: sólo pájaros.
Un nido de gorriones me llamaba desde la rama de un tala. Tenía un tiro perfecto y así fue. Me acerqué a ver el fruto de mi cacería. Una sensación amarga me invadió: eran todos pichones. Me sentì un cobarde; si al menos le hubiera dado a algún ave al vuelo. Eso hubiera sido digno de un cazador.
Entonces lo vi.
Hacía calor. Aparecido de la nada, él estaba frente a mí. Tenía la cabeza gacha pero sus ojos me miraban a través de su sombrero de paja. En una de sus manos huesudas llevaba una caña más larga que su altura. Andaba en patas y su cuerpo era una línea vertical pálida trazada en un horizonte de verde. Una media sonrisa socarrona se dibujó en su boca y, con un rápido movimiento, me golpeó con su tacuara en la cabeza.
Desperté en una jaula. Mi captor me miraba desde un trono de mimbre. Lo rodeaban aves de todos los colores.
-Donde estoy?
Se levantó, tomó una cazuela de barro y me la acercó.
Me ofrecía lombrices.
Estuve horas mirandolas; no entendia por que. Se revolvían en el barro cocido. El hambre era fuerte pero mi mente se resistia.
No aguanté más y me abalancé sobre el cuenco; traté de imaginar que eran fideos, pero no pude y vomité. Temblando, me tiré en un rincón de la jaula. El guardián se levantó de su trono de mimbre, tomó la cazuela y se la entregó a los pájaros que lo rodeaban.
Pase una noche de mierda: chuchos de frio y desmayos. En mi delirio aves enormes me perseguían para comerme los ojos. Yo era el cazado. Mi captor aparecía transfigurado en un enano; y pervertía a niños en sus jaulas, parecidas a la mia.
Desperté con dolor de cabeza. Era un latido atras de mis ojos; se acumulaba la sangre y tapaba mi nariz.
Mi guardian seguía en su trono de mimbre, vigilandome con mirada perdida. Esta vez me había dejado un cuenco con semillas. Junté un poco de valor y las comí. No me costó mucho ya que mi vieja era de meter esas cosas en algunas tartas o empanadas.
El hambre hizo que mi estómago se acostumbrara. Me di cuenta que si las lombrices quedaban inmóviles, me era más fácil comerlas sin repugnancia. Entonces las machacaba. Así pude sobrevivir y seguir creciendo a pesar de la condena a la que había sido sentenciado. El carcelero nunca me habló: sólo se sentaba en su trono de mimbre y me miraba por horas.
Un día se levantó, abrió la jaula y, con una seña, me ordenó que saliera. Me arrastré. El movimiento de su mano hacia arriba, con la palma mirando al cielo, hizo que me parara.
Éramos iguales: altos. flacos, huesudos. Con un rápido movimiento, me golpeó con su tacuara en la cabeza.
Desperté en la puerta de mi rancho. Los viejos dormían la siesta. Mi cuerpo ya no era alto, ni flaco, ni huesudo.
Nunca volví a acercarme a un pájaro
No hay comentarios:
Publicar un comentario